miércoles, 10 de agosto de 2016

En voz alta

A menudo me pasa que la gente se incomoda con el volumen de mi voz, en especial en espacios reducidos. Las miradas, las chifladas y las señas recibidas me lo confirman a diario. Infinidades de veces he pasado vergüenzas por conversaciones que no debían ser escuchadas, las cuales en primera estancia eran solo para la persona que estaba a mi lado, pero que finalmente termino circulando por todo el lugar. El problema es que nunca me doy cuenta, siempre me escucho en un tono común y corriente, no es sino hasta que veo a las demás personas que no les interesa para nada lo que digo, se incomodan; también cuando la persona con la que hablo me pide que baje el volumen.

Recuerdo que la primera llamada de atención que tuve fuera de casa fue por estar hablando. Estaba como en primero de primaria, por la profesora Fátima, que irónicamente a los gritos me pidió que dejara de hablar tan fuerte. Año tras año, periodo tras periodo, en reuniones de padres de familia la queja que recibían mis padres era por estar hablando todo el tiempo en clase, además de estar hablando muy fuerte. Mis padres acostumbrados a esta situación, quienes sufrían a diario trasnochos por mi alta capacidad de comunicarme, no les quedaba más que escuchar los reclamos y hacerle creer a los profesores que harían lo posible para corregir mi esencia, mi voz.

Claro, que está vozarrón que me ha tocado no es del todo desventajas, en realidad son más las ventajas de las cuales por obvias razones me he aprovechado. Imagínese usted recibir halagos por tu voz de las mujeres, no han sido pocas y no es por alardear. El inconveniente es el promedio de edad que es elevado y fuera de mi radar, pero esto no deja de ser un alimento constante para mi impenetrable ego.

Gracias a esta voz tengo un plus en mi ámbito profesional, en el cual podré estar siempre hablando en voz alta.


Epilef G.P

1 comentario:

  1. Cuando pienso en tu voz, recuerdo inmediatamente el día en que, en clase con el profesor Jean Paul, tenías que leer un texto, y había una parte en que hablaba una niña. Cuando modulaste tu voz, lo hiciste de una forma tan varonil y fuerte, que las risas acompañaron el resto de la lectura.

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