lunes, 26 de septiembre de 2016

Ella en un verbo

Tu boca, tu pelo,
tu aroma sin frenos.
Mis sentidos perdidos,
en el cielo oscurecido.

Tus ojos como espejos,
tu mirada sincera.
Tu silueta desde lejos,
hermosa y viajera.

Decidida sin medida,
tierna pero engreída.
debido a tu alma rojiza,
tu pureza me abriga.

Epilef G.P

Desvelos

La escritura nocturna sin duda alguna es bastante placentera. Es desordenada y caprichosa, pero es creativa y libera el estrés. No es algo que se prepare, simplemente ocurre. A veces lo necesitas, y otras veces le huyes. Al final, la escritura siempre suele ser un placebo para nuestro vivir.

En mi caso, decidí escribir sólo de noche. También es cierto que desde hace mucho vivo sin poder dormir. He tenido mis temporadas de pasa tiempos en las noches de insomnio. Recuerdo que al principio me dedicaba a ver canales de cocina en la televisión. Otros días pasaba horas y horas jugando al Fifa12, aunque durante la semana variaba el juego a rescatar o batir. Terminaría conociendo la lectura, donde me enamoraría de literatura. Luego de muchos libros podridos, y mi cordura ahora tambaleante, buscaría soluciones en la escritura.

Terminé escribiendo como consecuencia, por sugerencia y por necesidad. Ahora me conozco más porque me escribo, ahora me entiendo más porque me describo. Escribo de lo que vivo; escribo de lo que pienso. Muestro en papel lo que nunca pude mostrar en persona, y me libero de mis pensamientos. 

domingo, 25 de septiembre de 2016

Paso a Paso. Silencio.

Tal vez ya se ha inventado antes, tal vez ya lo he escrito muchas veces, pero que hacer cuando es el silencio quien habla por ti. Y es que muchas personas jamás se percatan de la inmensidad de tal compañía. Es por esto que el manual para el silencio varía en cada habitación.

Para vivir al lado de una compañía tan incómoda e incomprendida como el silencio, se necesita como mínimo un entrenamiento de cinco años. Aprender sus usos y variaciones sin necesidad de ocultarse en él todo el tiempo. Un balance perfecto sólo lo puedes conseguir mediante un acuerdo entre vos y voz.

Si eres un principiante, empieza por lo básico. Ve a una habitación y practica contigo mismo la incertidumbre de la soledad. Al principio no será fácil, cabe aclarar que jamás lo será, con el tiempo veras que fácil no se acomoda con los estándares de la vida, así que borrarás esa palabra de tu ser. Luego de pasar esa etapa, si aún estás cuerdo, debes llevar el silencio al abrumador mundo de la calle.

Una vez en la calle, toda la cordura que alcanzaste a rescatar se esconderá. No hay nada que hacer, tu cordura probablemente ya está en un paseo imaginario deseando no haber existido nunca. Una vez aquí recordaras la tranquilidad del silencio, el mismo que alguna vez fue una tortura en la habitación, ahora será tu mejor compañía. Eres un incomprendido, pensarás. Todos lo somos, el silencio responderá.

El peor conflicto del silencio es su incapacidad de trasmitir. El sin sabor que genera en el entorno suele ser complicado de llevar. Se podría decir que yo me he acostumbrado a vivir entre el silencio porque entendí como no entenderlo. Un grave error del silencio es compartirlo. Es cuando las emociones son interpretadas, cuando ni nosotros mismos somos capaz de controlarlas. El silencio se lleva a solas y se oculta en conjunto.

Epilef G.P

Por la 65

Iba cansado, como todos los días, a eso de las nueve de la noche. Dispuesto a coger a la ruta de siempre, con la esperanza de encontrar un puesto libre. La fila era corta a simple vista, y con un poco de suerte me toco el último puesto, todos los demás que subían después de mí, les tocaba ir parados; colgados; estrujados.

Antes de arrancar el bus, yo ya estaba dormido. Venía de un viaje largo, tenía un viaje todavía muy grande como consecuencia de los vicios, y el viaje a casa todavía se demoraba.


Entre las curvas, levante la mirada y todos estaban en trance, mirando hacia adentro, deseando estar afuera. Yo estaba dormido, pero ellos estaban perdidos. 

sábado, 10 de septiembre de 2016

De/s(M)entido


Unos días amanecemos con ganas de callar, y otras veces simplemente queremos gritar. Por lo general nos mentimos a nosotros mismos para estar bien; para dar sentido a lo que hacemos. Mentira, todo es mentira sentida sin medida, deshacemos todo lo que queremos y pensamos en un simple des. Desorden, desprecio, desquicio. En mi caso, esos tres des son los que me categorizarían si me desmintiesen; si me conocieran; si yo me dejase pillar.

Es por eso que día tras día oculta la verdad a los descuidados. Claro, también como ellos lo hacen conmigo. Cada uno va con sus caprichos y desdenes, son necesarios para vivir a gusto con disgusto. Los ocultamos porque nos avergüenzan, también porque algunos nos podrían causar problemas. Los evitamos cada vez que podemos para luego explotarlos desmesuradamente, además que una vez que nos damos cuenta que los necesitamos, nos acostumbramos a llevarlos.

Vamos por ahí conociendo y desconociendo, confiando y desconfiando, caminando y descansando las rutas y sujetos que nos rodean, pero no paramos nunca a ver la letra pequeña. A decir verdad, jamás terminamos de visualizar la cantidad de des que complementan el vivir. Si no pasa nada no lo inventamos, si pasa algo lo exageramos, si es mentira lo defendemos, si es verdad lo cuestionamos, porque definitivamente lo cotidiano nos aburre.

A pesar de todo, no hay porque quejarse de nuestros des o los de los demás. Lo bueno también tiene lo malo, y lo malo por supuesto siempre suele ser bueno. El único consejo que podríamos dar es “portarse mal para pasar bueno” (Nauj Sador) al parecer de este modo podemos despertar los vicios sin tener el sin sabor de la conciencia.


Epilef G.P

domingo, 28 de agosto de 2016

Sin sentido

Lo más jodido de mi existencia siempre ha sido el tener que convivir con gente. Sí, la gente. A pesar de que siempre mantengo rodeado de pequeños grupos de personas, por ejemplo todos los días de semana paso las tardes en unas mesas hablando con los que parecen ser mis amigos, y que aparentemente suelo disfrutar, aun así es lo que más me cuesta hacer, convivir. Algunos de mis amigos ni me caen bien, pero antes de que juzgues mi hipocresía, déjame decirte que mis amigos ya saben cómo realmente soy y que es lo que pienso de ellos. Cuando veo que son personas que probablemente van a convivir mucho conmigo y que de alguna manera serán más que simples desconocidos, les hago saber mi opinión sobre ellos, no porque sean ellos malas personas, simplemente porque son personas, y me incomodan las personas.

Relacionarme con las personas no me es difícil, siempre y cuando no sea yo el que tenga que dar el primer paso. Sé que no soy el único que le cuesta las presentaciones con extraños. Por eso la primera impresión que siempre doy es la peor. Intento hacer un filtro de las personas que no soportarían mi peor cara, de esa manera me aseguro de que no me sigan hablando. Luego, para los que han pasado la barrera de rechazo y mala cara de parte mía, son con los que me atrevo realmente a hablar. Al principio todo este procedimiento lo hacía sin saber, siempre ha sido parte de mí. Con el tiempo lo reconocí y decidí sacarle ventaja.

Realmente me la paso bien con la gente que me rodea, conversamos de lo que sea. Yo hago pequeños aportes, pero lo que más me gusta es escuchar. Cuando el tema de conversación se desvía de mis intereses, desaparezco en dos de los sentidos, ya no los escucho ni tampoco hablo. De esta manera me ahorro los disgustos, pero sigo haciendo presencia para no quedarme atrás.

Sin lugar a duda, lo que me apasiona realmente es observar lo que ocurre. Cada pequeño detalle cuenta. Miro a un lado y miro al otro; Miro al cielo y miro al piso. Es el entorno el que decora cada instante, por eso siempre se lleva toda mi atención. Me gusta mirar a los ojos, pero no me gusta que miren los míos, otra de las contradicciones que complican mi comportamiento.


Más allá de estos sin sentidos, no hay razón alguna para no querer estar con alguien, excepto yo, que ni conmigo mismo quiero estar y que al mismo tiempo solo quiero estar.

Me falta valor


No puedo parar de pensar en los viejos tiempos, en los que las preocupaciones no existían en mi diccionario existencial. Al parecer cada día que pasa y entre más viejo me hago, las simples reglas de convivencia son un imposible, como si del imaginario se tratase. ¿Dónde quedo el mundo que me pintaban las tardes frente al televisor?

Será que los años han hecho de mi voz un demonio, o simplemente tener más palabras para expresarme hace de mí un ser maligno. Eso me han dicho, con el pretexto de ganar discusiones, dicen que no me entienden. Entonces me doy cuenta que el repertorio de palabras que me enseña la academia no son “tan buenas” para la cotidianidad.

Qué ceguera tan grande me producen las palabras, pues el uso que les doy no ha sido adecuado. Tales como: Buenas, gracias y por favor, son ahora un sufijo de la oración, ya que simplemente se dicen sin razón alguna, donde se entiende su uso pero no su significado, ya el trasfondo del decir se ha perdido. Supongo que es eso lo que pasa, hay una automaticidad que desvela mi ser.

Y si tan solo quiero depender del silencio ¿Por qué eso me hace malo? ¿Es necesario decir palabras que otros quieren escuchar para quedar bien? ¿No es suficiente con sentirlo? Este mundo le da más importancia a un te quiero pronunciado en voz alta, a un te amo jamás escuchado. Recuerdo el tiempo donde el afecto de una persona se podía sentir desde la mirada, pero ahora nos hemos vuelto olvidadizos, al parecer es necesario repetirlo constantemente para que sea cierto. Eso debería ser más que obvio ¿no? Pues ya no lo es.

La soledad me ha enseñado la importancia del silencio, aunque también me ha quitado la gracia del querer. Tal vez la explicación lógica sea que la Nada jamás pidió algo de mí, y fue a eso a lo que me acostumbre, a pensar que la complejidad del ser fuese tan fácil como la complejidad del existir. 


Epilef G.P